Cátulo Castillo nació el 6 de agosto de 1906. Sus primeras producciones, extrañamente, no lo tenían como letrista sino como compositor, como en el clásico Organito de la tarde que compuso a los 17 años, con letra de su padre José González Castillo. Conjugarse con su padre fue sólo una de las tantas llamativas comuniones de Cátulo, de las cuales la más interesante fue su doble carrera: a la vez que triunfaba como letrista, se destacaba como boxeador, llegando a ser campeón argentino de peso pluma.
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Con apenas 19 años escribió y compuso Caminito del taller, grabado en 1925 ni más ni menos que por Carlos Gardel: “Caminito al conchabo, caminito a la muerte / bajo el fardo de ropa que llevás a coser. / Quién sabe si otro día quizás pueda verte / pobre costurerita, camino del taller”, decía la canción que pinta una época de Castillo, en la que la sensibilidad por los temas sociales predominaba en su temática. Sin embargo, no es ésa su época
más conocida sino que sus mejores tangos parecen ser hijos de cierta desesperación, de temibles angustias, del pavor a los finales, y en particular al final último y definitivo, la muerte.
“Quisiste con ternura y el amor / te devoró de atrás hasta el riñón / se rieron de tu abrazo y ahí nomás / te hundieron con rencor todo el arpón”, es la letra de Desencuentro, compuesto junto a Troilo, que termina con una de las frases más negras y terribles del tango: “Amargo desencuentro porque ves que es al revés / creíste en la honradez y la moral, qué estupidez. / Por eso en tu total fracaso de vivir / ni el tiro del final te va a salir.”
Algunos de sus valses también resultan memorables, empezando por esa entrañable recreación del barrio de Belgrano bautizada Caserón de tejas. Sin embargo, fueron sus tangos los que lo llevaron a la gloria, siempre acertados a la hora de elegir los mejores compositores. Junto a Sebastián Piana compuso el nostálgico
Tinta roja, que se pregunta: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, vida mía / volcás como entonces / tu clara alegría?”. Con
Héctor Stampone compuso, entre otros,
El último café, que lloraba con enojo y a la vez dulzura: “Del último café que tus labios con frío / pidieron esa vez con la voz de un suspiro. / Recuerdo tu desdén / te evoco sin razón / te escucho sin que estés. / ´Lo nuestro terminó´ / dijiste en un adiós / de azúcar y de hiel.”
Sin embargo, sus mejores encuentros eran con Troilo. De esa dupla surgieron maravillas como Patio mío, La cantina o el inolvidable
María, y fueron también ellos los que homenajearon a su amigo
Homero Manzi, a quien le cantaron: “Ya punteaba la muerte su milonga / tu voz calló el adiós que nos dolía; / de tanto andar sobrándole a las cosas / prendido en un final, falló la vida. / Yo sé que no vendrás pero, aunque cursi / te esperará lo mismo el paredón. / Y el tres y dos de la parada inútil / y el resto fraternal de nuestro amor.”
De tanto homenajear, Cátulo se ganó también su homenaje póstumo, a cargo de Eladia Blázquez: “Tu muerte fue una tarde muy cálida de octubre / acaso presentiste que sucediera así / en plena primavera, y cuando el sol se viste / de luz y mariposas, y el aire de jazmín. / A vos que te gustaba profundamente serio / desentrañar las cosas, llegaste a tu confín / y esa doliente tarde entraste en el misterio / para volver en tango, mi viejo Catulín.”
Fue una tarde de octubre, efectivamente; más precisamente el 19, que Cátulo se echó a morir. Fue cuando ya se habían ido varios de sus hermanos los letristas que lo acompañaban en esa noble tarea de ponerle poesía al tango, o de ponerle tango a la poesía. El cielo se ensombreció por la dolorosa ausencia de la que hablaba Eladia: “Me duele el sol, y hasta el alcohol, me pone triste. / Qué ausencia cruel, de pan y miel, cuando te fuiste. / Desde la luz de tu bondad eterna / nos sonreirás, con la piedad más tierna. / Me duele andar, y respirar, sin tí.”